“Buenas. ¿Con que viene la sopa de aguamala?” pregunté curiosamente.
“¡La sopa es una entrada y no viene acompañada de nada!” ladró agriamente un escuálido e incrédulo mesero sin siquiera levantar la mirada de la pila de ostras frescas que estaba cubriendo con hielo escarchado.
“¿Y el curry de rana es seco o preparado en leche de coco?” insistí mientras hojeaba un plastificado menú curtido por el inclemente sol de Nha Trang dispuesto sobre un atril de metal a la entrada del restaurante.
Ya con una mayor atención, el esquelético hombre comenzó a explicarme la preparación del especial de la casa; “Nuestras ranas son marinadas en pasta de curry para después ser cocinadas en su propia salsa, junto con cebollas, ajíes, pimentón, zanahoria y menta.”
“Perfecto. Quisiera un curry de rana y arroz blanco como acompañante” dije al sentarme en una de las mesas del inmenso salón decorado con dragones chinos tallados en las columnas de madera.
“¿El señor desea algo más?” respondió el mesero mientras desenfundaba torpemente la libreta de comandas de su delantal empapado por el hielo derretido.
“Si. Una sopa de aguamala como entrada”
Luego de un insoportable viaje en bus de catorce horas, surcando el país de Norte a Sur, me encontraba ahora en la ciudad vacacional de Vietnam, donde los aburridos restaurantes de Resorts multinacionales han erradicado casi totalmente a la comida local volviendo las opciones diferentes a Comida “Gourmet” Internacional sumamente difíciles de encontrar. Cómo diablos vine a parar yo acá, era la pregunta que carcomía mi cerebro mientras recorría las calles de una ciudad wanna-be-Miami sin poder encontrar ni un sólo menú que no ofreciera comida vietnamita al lado de spaguettis a la bolognesa, hamburguesa y fish’n’chips. Esta vez, mi curioso apetito fue la única razón por la cual me hallaba en un restaurante chino pidiendo sopa de medusa como entrada y ancas de rana como plato fuerte.
No había terminado de desarmar el origami de servilleta en forma de barquito y tenderla sobre mi regazo cuando ya estaba el plato de sopa ante mis ojos. Esto, más que sopa era un caldo. Ni siquiera puedo hablar de caldo. Era un translucido fumet con trozos de piña, tomate y cebolla flotando en la superficie. La medusa sólo se reconocía después de levantarla con la cuchara y exhibir unas brillantes pecas azules en uno de sus lados. Después de revolverla un poco, como un niño cuando quiere jugar más que comer, me decidí a darle un tímido sorbo. Me supo a sal. Sólo a sal. Casi como si el cocinero estuviera insinuando lo obvio, recreando el lecho marino. Probé una cucharada con piña para tratar de contrarrestar el sabor a mar pero fue en vano. Ahora era el turno de la medusa. Antes de masticarla la deslicé por la boca y descubrí que el lado pecoso es áspero como una lija, mientras su opuesto es liso y baboso. Al morderla crujía como su estuviese masticando un caucho que se quebraba entre los dientes.
Desesperado, levanté la mirada en busca de auxilio. Era imposible no sentirme tomando agua de mar con condones picados nadando entre piñas y tomates. Me vi obligado a pedir uno de esos líquidos negros, gaseosos y extremadamente dulces que todo el mundo adora: “Me puede traer una Coca – Cola por favor” le grité al mesero.
Junto con la bebida llegó afortunadamente el plato fuerte. Era un papillote adornado con una selva de hojas de menta que brotaba de su humeante cráter. Apartando de mi lado al diminuto océano, me dispuse a probar a los ya desnudos batracios. Uno a uno, iba separando cuidadosamente los pequeños huesitos de la magra carne de unas esqueléticas ranas que sabían a todo menos a curry. La cantidad de cascos de cebolla y pimentones superaba en número y sabor a las dispendiosas ancas. Siempre se me olvida y siempre caigo. Una y otra vez tengo que repetírmelo: con las ranas es más el trabajo que la carne que uno come. Y no crean que soy un glotón perezoso. Puedo quebrar decenas de caparazones sólo por un par de gramos de carne de cangrejo. No es el trabajo, es la recompensa.
“La cuenta por favor” dije mirando un cementerio de diminutos huesitos aún con hambre. ¿Dónde me podré comer una buena hamburguesa?, pensé mientras pagaba y me despedía del fantasmagórico mesero. Es obvio que debí hacerle caso a la premonitoria etimología de nuestra palabra. Lo que me comí en Nha Trang no fue una sopa de aguamala, sino un tazón de mala agua.
Información del restaurante:
Nombre: Truc Linh 2
Dir: 18 Biet Thu – Nha Trang
Tel: 058-3521089





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